Un día en San Petersburgo Imprimir E-mail
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Opinión - Firmas
Por Aleix Vidal-Quadras Roca   
Viernes, 23 de Julio de 2010 12:28

Tecleo este texto tras una visita de nueve horas a la antigua capital de los autócratas rusos, la grandiosa ciudad fundada por Pedro el Grande, en la que el ancho caudal del Neva es espejo de las moles de los palacios y los templos levantados a lo largo de trescientos años por una sucesión de monarcas absolutos pletóricos de riqueza y ansiosos de gloria.

 

El mundo abunda de ciudades hermosas, pero pocas son leyendas encarnadas en piedra. San Petersburgo pertenece a esa rara especie en la que también nos asombran Venecia, Istambul o Roma. La vasta geometría de canales, puentes y cúpulas doradas desgrana un relato de poder, de sangre y de excesos suntuosos que ha cristalizado en una irrepetible acumulación de belleza. Un rápido recorrido por las inmensas salas del Hermitage reduce las residencias reales de las otras monarquías bálticas a la categoría de casitas burguesas. Se ha calculado que un examen de treinta segundos de cada una de las piezas expuestas, cuadros, esculturas, porcelana, plata, mobiliario, repartidas por el inacabable ajedrez de los suelos del antiguo Palacio de Invierno requeriría diez años para un observador inasequible a la fatiga.

Teniendo en cuenta que el material a la vista representa menos del diez por ciento del total acumulado en los depósitos del recinto, uno se hace una idea de la fiebre coleccionista de los Romanov, mantenida durante siglos de adquisiciones sin freno y de encargos fastuosos. El despliegue de mármol, de malaquita, de lapislázuli, de pavimentos de afiligranada y noble madera, de piedras y metales preciosos, que envuelve las telas cubiertas de inmortalidad por los pinceles más excelsos de Occidente nos empequeñece a la vez que nos exalta porque al fin y cabo fueron seres humanos los que hicieron posible tal prodigio.

Unos, por millones, sudando sobre la tierra de las dilatadas planicies del imperio para producir lo recursos necesarios, otros, por centenares, para crear las obras maestras que hoy reunidas nos sobrecogen, y un poco más de una docena que sentados en su trono se entregaron con absorbente pasión a acumular este legado ingente. Existe un episodio en el devenir de San Petersburgo que resulta aleccionador. La imponente iglesia de estilo neobizantino llamada de la Sangre Derramada, una maravilla de mosaico multicolor que eleva serenísima sus exquisitos domos hacia un cielo casi siempre gris, fue destinada durante el período soviético a almacenar patatas.

De esta forma zafia y sacrílega, los jerarcas comunistas quisieron ejemplificar la llegada de una nueva era que alumbraría la sociedad perfecta, el rotundo triunfo de la certeza de la materia sobre el inasible misterio del espíritu. Como es lógico, un tratamiento tan degradante causó graves daños a este singular centro de culto.

En la actualidad, la ideología marxista, sus crímenes atroces y sus fracasadas profecías, yacen arrumbadas y polvorientas en el desván de la Historia. En cambio, la iglesia de la Sangre Derramada, mandada construir por el zar Alejandro III en honor a su padre asesinado Alejando II, restaurada hasta devolverle todo su esplendor y disipado para siempre el denso tufo de tubérculo con el que una pandilla de paletos asesinos pretendió humillarla, flota en el aroma del incienso y exhibe imperturbable el justo triunfo de la civilización sobre la barbarie. 

 

 

 

Última actualización el Jueves, 22 de Julio de 2010 12:31
 

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